Después de diez años de exaltación de valores identitarios, de falsa búsqueda de la concordia y de estabulación de la población en grados ideológicos (que era el verdadero proyecto de Ibarretxe), tenemos ahora un gobierno no preocupado por buscar o simular buscar la esencia nacionalista del pueblo, sino preocupado por los problemas de gestión del país. Con sus fallos, por supuesto, con sus inseguridades, con sus debilidades y errores. Pero ante todo no encargado de ahondar en ese peligroso camino de exaltación ideológica contra el diferente, camino que cada día que pasa se demuestra pérfido: el último ejemplo, lo hemos visto estos días en Kirguizistán.
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Después de diez años de exaltación de valores identitarios, de falsa búsqueda de la concordia y de estabulación de la población en grados ideológicos (que era el verdadero proyecto de Ibarretxe), tenemos ahora un gobierno no preocupado por buscar o simular buscar la esencia nacionalista del pueblo, sino preocupado por los problemas de gestión del país. Con sus fallos, por supuesto, con sus inseguridades, con sus debilidades y errores. Pero ante todo no encargado de ahondar en ese peligroso camino de exaltación ideológica contra el diferente, camino que cada día que pasa se demuestra pérfido: el último ejemplo, lo hemos visto estos días en Kirguizistán.